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A QUICK STOP AT KANARRA FALLS

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I closed my eyes for a couple of minutes. All I could hear was the sound of the water flowing in the river. I was at a higher plane of tranquility, under a spell. The city noise was gone and this time it wasn’t my sleep machine or my YouTube audios for meditation. 

It was real, and as soon I approached the mountains, the sound became more intense, as much as the birds tweeting while they were escorting me in this hiking. What a charming moment! 

My friend and I were alone in the middle of this fascinating environment surrounded by big, red sandstones canyons and creeks. While our way narrowed, the view was becoming more stunning without the sun incandescence. It’s was the best time to recharge those energies. 

This incredible connection with mother nature happened in Kanarra falls, near the Zion National Park, in Utah (Western US). The State is well known for its amazing rock formations resembling the surface of Mars. 

How to get there? 

Kanarra Falls is becoming the new place for adventure seekers because of its short paths, the similarity with Antelope Canyon plus a creek, and the gorgeous and thoroughly photographed waterfalls. It’s the perfect route to add to your itinerary inside Utah National Parks. 

November was ending, and my friend and I were driving cross-country from Los Angeles to New York City. That day, we left Las Vegas at 5am. After 2 hours and a half driving, we made a quick stop in Kanarra Falls, and without planning, took this adventure. And why not? 

Driving from Las Vegas is one of the options to get there. Driving from Salt Lake City takes 4 hours and a half. But the easiest option is staying in St. George (1 hour away) or Cedar City, being the closest towns (15 minutes). 

What to pack?  

Waterproof shoes or waterproof hiking boots with wool socks are highly recommended. Especially in Fall and Spring when the water is frozen, and the last point of the route is through the creek. 

I decided to take this trip on a whim, without considering my outfit. Big mistake! My friend had the proper shoes. Instead, I wore white sneakers (that ended up all muddy.) and as much as I grabbed the riverbanks or skipped from rock to rock, at some points there wasn’t any other option than to cross through the cold river at some spots.  

In any case, the water never got deeper than the ankle height until the first waterfall.

Also, it’s important to pack a drybag, a water bottle, and sunblock. The trekking poles are optional for balance. 
 

The trail  

Kanarra Falls is a moderate and short walk. Ideal for families. It takes 2 hours –out and back- until the first waterfall (the one with best view) and up to 3 hours to the third one.  

The first part of the trail is flat, then with a little bit of climbing and some jumping between rocks. There are not trail signs but, it’s not complicated to see and follow the path. 

Once we entered the Slot canyon, it just took my breath away. The dramatic natural carvings, the rich and striking colors, as well as the marvelous light beams bouncing and reflecting off the towering stone walls were mesmerizing. 

Inside the canyon, the waterfall, a metal ladder, and a tree trunk were the perfect frame for our first stop in Kanarra Falls. This was my Instagram’s moment. After the climb, comes the way to the other two waterfalls. 

Once again, my inadequate shoes didn’t allow me to go forward. The ladder was too slippery, and the rope was deteriorated, so I didn’t want to take the risk of falling. Lesson learned!  

Nevertheless, I took some time to enjoy, connect and appreciate as much as I could from this amazing sight while my friend went forward first.  

Quick facts:    

·    The ticket cost 12 USD per person with parking included.  

·    Only 150 persons are allowed to enter per day. I recommended you to buy it before on their website www.kanarrafalls.com  

·    Pets are not allowed on the trail and it’s also not intended for kids under 6 years old. 

·    The best seasons are the Spring and Fall.   

·    There is a restroom just a bit after the trail begins, and at the parking lot. 

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Explorando Utah: Las cascadas de Kanarra

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Cerraba mis ojos y el sonido del agua cayendo sobre las rocas y fluyendo en su cauce, me relajaba y me deleitaba. Esta vez, no era mi máquina para dormir ni los audios de YouTube, que se escuchan para meditar. 

Sucedía en vivo y a medida que me acercaba a la montaña, su sonido era más intenso. Al igual que el canto de los pájaros que me acompañaban en mi caminata.  

Cuando abría mis ojos, en cambio, sobre mi resplandecía ese color naranja y rojizo del cañón que se imponía frente a mí.  

Mi amigo y yo estábamos solos en medio de la naturaleza. Mientras entrábamos al cañón por el arroyo y nuestro camino se estrechaba, el paisaje se volvía alucinante por la poca entrada de luz. Era el mejor momento para recargar energías. 

Esta conexión con la naturaleza ocurrió en las cascadas de Kanarra, cerca del Parque Nacional Zion, en el estado de Utah (el oeste de Estados Unidos), conocido por sus formaciones geológicas rocosas que evocan al planeta Marte.  

¿Cómo llegar?  

Las cascadas de Kanarra es la ruta de senderismo que se ha convertido en un nuevo destino, por ser una caminata corta, por su parecido al cañón del Antílope, pero con agua y por ser muy fotografiable. 

Era finales de noviembre y acompañaba a un amigo a manejar desde Los Ángeles hasta Nueva York (costa oeste a este). Salimos de Las Vegas a las 5am y casi tres horas después comenzamos la aventura.

La manera más fácil es llegar manejando desde Las Vegas (2 horas y media) o desde la ciudad de Salt Lake (cuatro horas y media). Otra opción es dormir en Cedar (a 15 minutos) o St. George, que son dos pueblos cercanos. Esta caminata es ideal y una parada estratégica si estás recorriendo el Gran Cañón, el Parque Nacional Zion, o el cañón Glen.

¿Qué empacar?  

Lo más importante y lo primero que hay que empacar: zapatos para agua, botas para caminatas o medias de lana que sean para excursión. En otoño y primavera, el agua es helada y parte del camino es sobre el río.  

Por viajar sin mucha planificación, andaba con zapatos deportivos blancos (que volvieron llenos de lodo y arcilla) y por más que cruzaba lentamente pisando las piedras o saltando entre los cauces hubo un punto donde no tenía otra opción que mojarme y congelarme.  En cambio, mi amigo estaba preparado.

En verano incluso se puede llevar traje de baño… Obvio, incluir agua y protector solar. 

La expedición  

La caminata es moderada y corta. La duración total es de 2 a 3 horas, pero depende si avanzas hasta la tercera cascada. Aunque la mejor vista la tiene la primera caída de agua.  Como la ruta de ida es la misma que la de retorno, son en total 5.4 kilómetros hacia el primer punto. ¿Fácil no?  

Al comienzo es plano, despué se sube por la colina, luego entre ramas, por las rocas y saltando riachuelos. El sendero no está señalizado, pero no es complicado ver la ruta. A medida que uno se acerca al cañón, el trayecto se estrecha y hay que adentrarse para poder ver la primera cascada.  

Las formaciones rocosas erosionadas, el color del cañón, la cascada, un tronco y una escalera de madera fueron el marco de la primera parada de Kanarras. Subiendo se llega a las otras dos estaciones, pero la mejor y la más fotografiable sin duda es esta.  

Mis zapatos inadecuados me impidieron seguir hacia la segunda cascada, pues la escalera era resbaladiza y el agua, heladísima. ¡Aprendí mi lección! Sin embargo, aproveché ese momento para deleitar mi vista y mantener ese contacto con la belleza natural que ofrece el estado de Utah. 

Datos:  

  • La entrada vale 12 USD por persona e incluye el parqueadero. Hay que reservarlas con anticipación en el sitio web www.kanarrafalls.com 
  • La caminata es limitada a 150 personas por día. No es recomendable para menores de 6 años. 
  • La mejor temporada es la primavera y el otoño.  
  • Las mascotas no están permitidas.  

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12 cosas que hacer en Praga

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Amor a primera vista. Así definiría Praga, capital de la República Checa. Es una de las ciudades más románticas y espléndidas de Europa del este. Conocida, también, por tener el castillo más grande y la calle más estrecha del mundo.

Sus torres, sus iglesias góticas, sus techos rojos, su luz tenue y su laberinto de callejuelas empedradas te sumergen en su historia medieval. Otros espacios, recuerdan el amargo paso de las guerras mundiales, la invasión nazi y los estragos del Comunismo.

A Praga se la puede conocer a pie, ya que sus calles son un museo, pero se requiere al menos 4 días para disfrutarla mejor. Así que recopilé qué hacer durante un fin de semana. Claro, respetando las reestriciones debido a la pandemia por el covid19.

1.- Observar el Reloj Astronómico   

El esqueleto tira de la cuerda, las figuras alegóricas referente a los vicios se mueven, los 12 apóstoles aparecen por las ventanitas y finalmente, el gallo canta. Centenares de turistas se aglomeraban cada cambio de hora para formar parte del mejor espectáculo de Praga. 

El reloj está en la plaza de la Ciudad Vieja (Staré Město) y con más de 600 años todavía funciona. ¡Wow! Puede mostrar la hora, la fecha, la posición de los cuerpos celestes y los ciclos astronómicos. Imposible no filmar un vídeo. 

2.- Subir a la Torre del Ayuntamiento  

Las mejores postales de la ciudad medieval son sin duda desde la Torre del Ayuntamiento, arriba del Reloj Astronómico. Tiene 70 metros de altura y desde la terraza se observan las iglesias y los castillos que decoran la ciudad.

Su precio es de 10 USD (250 corona checa).  

3.- Visitar la iglesia Nuestra Señora de Tyn 

Uno de los monumentos más góticos de Praga. Es también, la iglesia más antigua. Encontrar la entrada es un poco complicado porque no tiene fachada. Pero, el ingreso es desde un callejón lateral. Su entrada es gratis, aunque hay una contribución voluntaria.   

4.- Conocer la Torre de la Pólvora  

Era una de las 13 puertas de entrada de la Ciudad Vieja y como lo dice su nombre ahí se almacenaba la pólvora durante las guerras desde el siglo XVIII. En la zona superior de la torre hay una terraza al aire libre, desde allí se obtienen unas estupendas vistas del distrito. 

5.- Cruzar el puente de Carlos  

Las áreas más conocidas de Praga son Staré Město (Ciudad Vieja) y Malá Strana (la Ciudad Nueva). Las dos se conectan con el concurrido puente de Carlos.  

Este emblemático puente fue construido por el Rey Carlos IV. Su encanto: está rodeado de artistas callejeros, quienes tocan románticas melodías o venden sus cuadros. Es tan romántico que dan ganas de cruzarlo una y otra vez. La mejor hora es de noche, pero vale madrugar y poder disfrutarlo vacío. 

6.- Tocar la imagen del perro de San Juan Nepomuceno  

El puente Carlos tiene 30 esculturas religiosas, pero no son las originales. La que se lleva toda la atención es la de San Juan Nepomuceno y la figura de su perro.  

Cuenta la leyenda que el santo era el confesor de la reina de Bohemia. El Rey Wenceslao IV, que desconfiaba de su mujer, le preguntó a Nepomuceno por las supuestas infidelidades y como él no quiso revelarle nada, le cortaron la lengua y lo tiraron al río Moldava desde el puente. 

La creencia popular dice que si se coloca la mano izquierda sobre la figura del perro (que simboliza fidelidad) y se pide un deseo, éste será concedido. 

7.- Caminar por el Barrio Malá Strana 

Cruzando el puente y del otro lado de la Ciudad Vieja está el área de Malá Strana. Su vibra es más juvenil porque está rodeado de bares, restaurantes, galerías, librerías y tiendas. Pero, aún podrás observar castillos e iglesias.

También está la Torre Petrín, una imitación en pequeño de la Torre Eiffel de París, pero con la mejor vista panorámica de Praga; el museo del dramaturgo Franz Kafka, y a pocos pasos la calle más estrecha, donde un semáforo te indicará si puedes o no transitar.  

8.- Recorrer el Castillo de Praga  

Es el más grande del mundo, pero no es solo un castillo sino un conjunto arquitectónico que incluye también palacios, torres, la iglesia gótica San Vito y el callejón de oro (el antiguo barrio de los orfebres y donde vivió el escritor Franz Kafka). 

El castillo está marcado por invasiones, incendios y guerras. Fue un cuartel de los nazis en la II Guerra Mundial y luego desde ahí funcionaba las oficinas soviéticas. Ahora es la Sede de la Presidencia.  

Se requiere de buen estado físico para subir la colina y las gradas empedradas hasta empezar el circuito. Pero, al bajar las escalinatas, hay sitios para tomarse un vino caliente o cervezas con una vista espectacular de la ciudad. Ya abajo, está cercana la estación del metro.

9.- Tomarse una foto en el muro de John Lennon  

Seas o no fanático de los Beatles, ésta es una parada obligatoria ya que es el símbolo de la libertad de expresión en Praga. Es un sitio muy concurrido por los que buscan fotografiarlo y por qué no, escuchar sus canciones interpretadas por artistas callejeros.

Cuenta la historia que cuando asesinaron a John Lennon (en Nueva York, 1980) como parte de los homenajes en el mundo, apareció su retrato rodeado de frases en contra del régimen comunista que dominaba la República Checa esa década. A pesar de que las autoridades comunistas pintaban continuamente de blanco el muro, volvían a retratarlo junto con nuevos mensajes.  

10.- Hacer la ruta por las obras de arte de David Černý 

La antítesis de la monumental e histórica Praga la conforman las peculiares y controvertidas esculturas del artista checo, David Černý. Vale la pena apreciar algunos de sus alocadas obras que tienen un tono de protesta y denuncia social.  

En Malá Strana y al pie del museo Kafka, te llamará la atención dos figuras en movimiento que orinan sobre un estanque con la forma de la República Checa. Volviendo a la ciudad vieja, en la calle Husava, deberás fijarte bien en la escultura que aparece colgado de una viga (Sigmund Freud). 

A unos pasos, la obra más buscada por los turistas. Su gran trabajo llamado Metamorfosis, que es la cabeza del escritor Kafka en una escala de 11 metros, de acero y que está en constante movimiento.   

Caminando hacia la Plaza Wenceslao y escondida en uno de sus edificios, está la escultura de San Wenceslao, santo y símbolo de la identidad checa. La versión de Černý de ésta figura muestra a su caballo boca abajo, muerto y con la lengua fuera. 

11.- Fotografiar la Casa Danzante  

Si seguimos buscando obras artísticas, modernas y fuera de lo común hay otra parada: La Casa Danzante.

Nadie creería que una pareja de bailarines de Hollywood inspiró esta construcción, que fue criticada al inicio por su estilo, para nada lineal. Ahora es otro ícono de la ciudad y se puede incluso subir al bar de la terraza, tomar más cervezas junto al Río Moldava.  

12.- Probar el Trdelník, el Goulash y sus cervezas artesanales  

En cada esquina de Praga, especialmente en la ciudad vieja, se ven locales horneando unos rollitos y luego rellenándolos de helado. Son los Trdelnik y aunque sea un kilo de azúcar no se puede pasar la oportunidad de probarlos.  

El Goulsah es otro plato típico, consiste en carne guisada con especias. El sabor es bastante fuerte por lo que lo acompañan de rodajas de pan o papas. La tradición, también, es servirlo con una cerveza negra.

Y si es sobre cervezas, los habitantes de este país son conocidos por consumirlo más en todo el mundo. Solo en Praga hay 30 fábricas. La Pilsner Urquell es una de las típicas.  

Antes de la pandemia se organizaban tours por cervecerías que llevan más de un siglo funcionando y por supuesto, recorridos por los bares.  Ahora es mejor consultar los sitios oficiales para tener una idea más clara sobre las restricciones.  

Datos:  

  • La República Checa pertenecía a Checoslovaquia y se separó en 1993.  
  • Su idioma es el checo.
  • Su moneda es la Corona Checa, a pesar de ser parte de la Unión Europea.
  • Praga es muy asequible. La mejor época en cuanto a precios de hoteles y vuelos es el invierno. La transportación es económica, al igual que los precios de los tours y los restaurantes.
  • En la Ciudad Vieja se encuentran los tours gratuitos, cualquier turista puede acompañarlos. Obvio se deja propina.  
  • Si tienes más tiempo puedes agregar a tu lista el barrio y cementerio judío, la Plaza de Wenceslao, ver una obra de teatro negro y un paseo por el Río Moldava. 

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VIENNA IN 30,000 STEPS

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When I thought that no city in Europe could surprise me anymore, Vienna appeared. Elegant. Majestic. Monumental. Imperial. Streets rich in medieval, renaissance, and progressive memories; and with corners immortalizing his son Wolfgang Amadeus Mozart and his adopted son Ludwig van Beethoven.

Graben Av. is one of the busiest streets in Vienna

Thirty thousand steps in less than 24 hours (according to my iPhone) was  necessary  to enter into the time machine and live the essence of the capital of Austria: Have a classic coffee and eat chocolates in cafeterias where artists, philosophers, politicians and revolutionaries enjoyed  their  talks; eat the traditional Wiener Schnitzel (veal meat), and enter the opera for a ballet performance.

At the same time, I got carried away by its modernity, crossing the bridge over the dazzling yet choppy Danube River in a scooter, which has become so popular in Europe.

How did I get to Vienna?

During my stay in Germany, I opened one of my flight apps (Hopper). Just 37 USD (one way) on Wizzair. I could never say no to that tempting offer! It was February, the cheapest month of the year; not just in air tickets, but in hotels and theaters as well.

It was 8am when my plane landed in Vienna. I took the airport bus (line VAL2) and in 20 minutes I was in the city center. Unsurprisingly, the hotel could not check me in, but they seamlessly agreed to store my bag.

Later, I started my journey. I opened my map and without hesitation, my first stop would be for breakfast in one of the most traditional cafes in the country for decades, if not for centuries: Café Central.

Café Central

The waiting time is up to an hour

The charm of Vienna’s most famous cafeteria makes your visit a sweet experience. Its history, gastronomy, and architecture are a magnet for the dozens of tourists who line up daily for up to an hour to access a table.

Inside it looks like a baroque church, but with paintings by the Austrian Emperor Francis Joseph and Empress Elizabeth, known as Sissi. The service is quick and its atmosphere, welcoming. In my case I ordered the “Mohr im Hemd”, which was a hot chocolate cake and Viennese-style vanilla ice cream. It was spectacular! But, the most famous cake is the Sacher cake (I found out later).

Café Central is one of Vienna’s most iconic sites because since 1860 it brought intellectuals, politicians, and artists to its premises. So, it is inevitable to think that at the next table Freud, Hitler, or Stalin might have sat down and tasted the same coffee in your hand.

The Hofburg Palace

It was almost noon, so I was against the clock. When I left the cafeteria and without looking for it, I came across the great Hofburg palace.  The horse-drawn carriages trotting around this splendid site brought you back to imperial Vienna 600 years ago.

Since the sixteenth century, this architectural ensemble was the residence of the Habsburgs, one of the most influential royal families in Europe. Inside the citadel, you can see the ancient chambers of the emperors, the museums, the church, the winter school of Horseback Riding and the office of the President of Austria.

Graben and Kohlmarkt Avenue

As I kept walking, I found my favorite streets: Graben and Kohlmarkt. They are the luxury avenues in Vienna, surrounded by the shops Gucci, Hermes, Fendi, Burberry, Tiffany, Dior… and cafes with gardens that decorate the city.

St. Peter’s Catholic Church near to Graben Ave.

St. Stephen’s Cathedral or ‘Stephansdom’

Walking along Graben Avenue, I reached the heart of the Austrian capital:  Stephansplatz and the Gothic Cathedral of St. Stephen, which rose above the ruins of an ancient church. At first glance, the pointed needle-shaped tower that has more than 100 meters protrudes. Visitors can go to the tower viewpoint and have one of the best postcards in Vienna, specially at the sunset.

The entrance is free but you’ll need to pay to get close to the altar, climb a tower or view the catacombs.

The City Council or ‘Rathaus’

The town hall with neo-Gothic style was builder between 1872 and 1883.

The soul of Vienna is its buildings. One more imposing than the one you saw two minutes ago.  My favorite and the one I saw in geography books and travel magazines: the town hall or ‘Rathaus’. In the winter months they open a huge ice-skating rink and surround it with food stands.  “What a good vibe!!”, was what I expressed when I saw the place full of tourists enjoying the sunny day.

The Hundertwasser House

It was 4:00pm and it was time to meet the other side of Vienna. Its colorful, modern, and surreal part. After getting lost, I arrived at the 3rd district, the Hundertwasserhaus residential complex.

Defining it, it was not built by any emperor in the past centuries. Nor is it resembling gothic architecture. Rather, it was created in 1983 by an artist who is considered the Gaudí of Austria, Friedensreich Hundertwasser.

Construction is like a puzzle. There are no straight floors only fancy shapes, bright colors and in some windows, you see branches.

A gallery called Hundertwasser Village is a former mechanical workshop converted into a gallery and café.

The Danube River

As it was winter, the sun was saying goodbye earlier and I had to hurry to get acquainted with one of the most important European rivers in the world: The Danube. Being a little far from the historical circuit, I had no choice but to get on the scooter. I memorized the map and the direction I was supposed to take and took off.

The experience was fantastic. There is a lane only for bikes and skateboards. I also passed by one of the best-known parks, the Prater, but I did not stop. It was dark and I relished the experience of crossing the bridge over the river. A good opportunity to put on my headphones and listen to the famous melody: The Blue Danube.

The Vienna Opera House

It is inevitable to link the image of Vienna with the music. That is why the jewel of the Austrian capital is its opera, one of the best known in the world. Due to the low season I got my online ticket  for $49 USD. When I went to claim my ticket I had a pleasant surprise: I was upgraded to one of the first rows.

Entering the theater, which was destroyed in World War II, is an almost mythical experience. It was to enter a Renaissance film or travel back in time and feel that behind the curtains would be Mozart getting ready for his performance.

Another stroke of luck was the play. It was a British ballet of choreographers Kenneth MacMillan, Wayne McGregor, and Frederich Ashton who each represented, with their dancers, the evolution of this art.

Arriving at midnight, my last steps were to the hotel. On my way through some dark alleys, I found Mozart’s house. Everything was closed and quiet.  That made me realize that 24 hours were not enough to discover this sublime city and a future return is needed. In the meanwhile, my next destination was Prague (Czech Republic).


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Viena en 30 mil pasos

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Cuando pensé que ninguna ciudad de Europa podría sorprenderme más, apareció Viena. Elegante. Majestuosa. Monumental. Imperial. Calles ricas en recuerdos medievales, renacentistas y progresistas; y con esquinas que inmortalizan a su hijo Wolfgang Amadeus Mozart y a su hijo adoptivo Ludwig van Beethoven.

Treinta mil pasos en menos de 24 horas (según mi iphone) fueron los precisos para entrar en la cápsula del tiempo y vivir la esencia de la capital de Austria: Tomar un clásico café y comer chocolates en cafeterías donde artistas, filósofos, políticos y revolucionarios disfrutaban de sus tertulias; comer el tradicional Wiener Schnitzel (una fina carne de ternera apanada) y entrar a la ópera a un espectáculo de ballet.

Al mismo tiempo, me dejé llevar por su modernidad, cruzando el puente sobre el deslumbrante y correntoso río Danubio en un monopatín eléctrico, que se ha vuelto tan popular en Europa.

¿Cómo llegué a Viena?

Durante mi estadía en Alemania abrí una de mis aplicaciones de vuelos económicos. 37USD (solo ida) en Wizzair. Jamás podría decirle que no a esa oferta tan tentadora. Era febrero, la temporada más baja del año. No solo en boletos aéreos sino en hoteles y teatros.

Eran las 8 am cuando mi avión aterrizó en Viena. Tomé el bus del aeropuerto (línea VAL2) y en 20 minutos estaba en el centro de la ciudad. Como era de esperarse, el hotel no podía chequearme, pero sin problemas aceptaron guardar mi bolso.

Más liviana, comencé mi recorrido. Abrí mi mapa y sin dudarlo, mi primera parada sería para desayunar en una de las cafeterías más tradicionales del país por décadas, por no decir por siglos.

Café Central

El encanto de la cafetería más famosa de Viena convierte su visita en una dulce experiencia. Su historia, su gastronomía y su arquitectura son el imán para las decenas de turistas que diariamente hacen fila de hasta una hora para poder acceder a una mesa.

Por dentro luce como una iglesia barroca, pero con cuadros del emperador austriaco Francisco José y la emperatriz Isabel, conocida como Sissi. La atención es rápida y su atmósfera acogedora. En mi caso pedí el ‘Mohr im Hemd’, que era una torta de chocolate caliente y helado de vainilla al estilo vienés. ¡Espectacular! Pero, el bizcocho más famoso era la tarta ‘Sacher’ (me enteré tarde).

Café Central es uno de los sitios más emblemáticos de Viena porque desde 1860 reunía en su local a intelectuales, políticos y artistas. Así que es inevitable pensar que en la mesa de a lado pudo haberse sentado Freud, Hitler o Stalin degustando el mismo café que tienes en la mano.

El Palacio Hofburg  

Era casi mediodía, así que estaba a contrarreloj. Al salir de la cafetería y sin buscarlo me encontré con el gran palacio Hofburg. Las carrozas transitando alrededor de este esplendoroso sitio te hacía regresar a la Viena imperial de hace 600 años atrás.

Y, es que fue desde el siglo XVI que este conjunto arquitectónico era la residencia de los Habsburgo, una de las familias reales más influyentes en Europa. Dentro del circuito se observa los antiguos aposentos de los emperadores, los museos, la iglesia, la escuela de invierno de Equitación y el despacho del presidente de Austria.

Avenida Graben y Kohlmarkt  

Al seguir caminando encontré mis calles favoritas: Graben y Kohlark. Son las avenidas de lujo Viena, rodeada de las tiendas Gucci, Tiffany, Dior… y cafeterías con jardines que decoran la ciudad.

La Catedral de San Esteban o ‘Stephansdom’

Caminando por la avenida Graben, llegué al corazón y punto neurálgico de la capital de Austria: Stephansplatz y la catedral gótica de San Esteban, que se levantó sobre las ruinas de una antigua iglesia. A simple vista sobresale la puntiaguda torre en forma de aguja que tiene más de 100 metros. Los visitantes pueden subir al mirador de la torre y tener una de las mejores postales de Viena.

El Ayuntamiento o ‘Rathaus’

Parte de Viena son sus edificaciones. Una más imponente que la que viste dos minutos atrás. Mi favorita y la que veía en libros de geografía y revistas de viajes: el ayuntamiento. En los meses de invierno abren una enorme pista de patinaje sobre hielo y lo rodean locales de comida. “¡Que buena vibra!” fue lo que expresé al ver el sitio repleto de turistas disfrutando del día soleado.

Las casas Hundertwasser

Eran las 4:00pm y era el momento de conocer la otra cara de Viena. Su parte colorida, moderna y surrealista. Luego de perderme, llegué al distrito 3 que alberga el complejo residencial de Hundertwasserhaus.

Definitivamente, no fue construida por ningún emperador en los siglos pasados. Ni tiene una arquitectura gótica. Pero, si fue creada en 1983, por un artista que es considerado el Gaudí de Austria, Friedensreich Hundertwasser.

La construcción es como un rompecabezas. No hay suelos rectos solo formas fantasiosas, colores vivos y en algunas ventanas asoman ramas.

A una cuadra también hay una galería llamada Hundertwasser Village, que es un antiguo taller mecánico convertido en galería y cafetería.

El Río Danubio

Al ser invierno, el sol se despedía más temprano y debía apurarme para conocer uno de los ríos europeos más importantes del mundo: El Danubio. Al estar un poco alejada del circuito histórico no tuve otra opción que subirme en el monopatín eléctrico. Memoricé el mapa y la dirección que debía tomar y le puse velocidad.

La experiencia es fantástica. Tienes una vía solo para bicicletas y monopatines. También pasé por uno de los parques más conocidos, el Prater, pero no me detuve. Anochecía y tuve la experiencia de cruzar el puente sobre el río. Una buena oportunidad para ponerme los audífonos y escuchar la famosa melodía del Danubio Azul.

La Ópera de Viena

Resulta inevitable vincular la imagen de Viena con la música. Por eso la joya de la capital austriaca es su ópera, una de las más conocidas del mundo. Debido a la temporada baja conseguí mi entrada en internet por 49 USD. Cuando fui a retirar el boleto tuve una grata sorpresa: Me cambiaron mi puesto a una de las primeras filas.

Ingresar al teatro, que fue destruido por completo en la II Guerra Mundial, es una experiencia casi mítica. Era entrar en una película renacentista o sentir que detrás del telón estaría Mozart.

Otro golpe de suerte fue la obra. Era un ballet británico de los coreógrafos Kenneth MacMillan, Wayne McGregor y Frederich Ashton que representaban, cada uno con sus bailarines, la evolución de este arte.

Llegando a la medianoche, mis últimos pasos eran para de retornar al hotel. En mi camino y por unas callejuelas oscura, encontré la casa de Mozart. Todo estaba cerrado y en silencio. Ahí me di cuenta de que 24 horas no fueron suficientes para descubrir esta sublime ciudad y está anotado un futuro regreso. Por lo pronto mi siguiente destino en tren, era Praga (República Checa).

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Un balcón entre las nubes de Capadocia

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Era un ave. Lentamente volaba sobre el valle. Por momentos descendía hasta acercarme a unas formaciones rocosas que se asemejaban a unos hongos. El sol comenzaba a observarme. Poco a poco se levantaba, aunque las densas nubes lo opacaban. El cielo se iluminaba con sus tonos azules, amarillos y ocres.

Mi camino estaba marcado por la suave brisa que me acariciaba. De pronto, el ruido del quemador me devolvió a la realidad. No era un pájaro. Sólo tenía un privilegiado balcón entre las nubes, adentro de un gigantesco globo aerostático.

No estaba sola. En mi canasta 18 turistas y dos pilotos me acompañaban. En el cielo más de 2.000 personas compartían mi extraordinaria experiencia en este festival de globos aerostáticos.

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¿Dónde? Capadocia, al este de Turquía, Asia. Un sitio con paisajes surrealistas y orografía única producto de la erosión. Con palomares excavados en formaciones rocosas, barrancos y viñedos.

Esta región ha sido una de las más famosas en el mundo por este diario festival, ya que sus condiciones climáticas son “casi” siempre favorables lo que permite que los pilotos, de los 150 globos, manejen por el aire con mucha precisión. Repito “casi” porque justo el día de mi tour y el anterior los vuelos fueron suspendidos por el mal tiempo.

Así fue como esta aventura -que había planificado por seis meses- comenzó con la más desalentadora noticia. Al instante que aterricé en el aeropuerto de Kayseri (a una hora del área) un correo electrónico indicándome la cancelación de mi tour y la no disponibilidad de vuelos para el día siguiente me ató de manos. Subirme en la canasta se había vuelto una misión casi imposible.

La frustración y decepción no me dejaban apreciar el mágico e histórico valle al que había llegado. Lo reconozco. Soy obsesiva en cuanto a mis experiencias viajeras. Sin embargo, al día siguiente tomé un tour para recorrer los pueblos de Goreme, Avano, Urgup y Uchisar que componen la región de Capadocia.

Impresionantes capillas e iglesias dentro de cuevas con frescos casi intactos que plasman la vida y crucifixión de Jesús -del siglo IV- formaban parte del Museo al Aire Libre de Goreme, Patrimonio de la Humanidad. Y es que Capadocia es un sitio milenario, donde los primeros cristianos se escondían dentro de cuevas debido a la presión del Imperio Romano.

Capadocia fue moldeado por la madre naturaleza. Las erupciones volcánicas de hace millones de años atrás, sumadas a la erosión crearon estos paisajes lunares. En la Chimenea de las Hadas, el Castillo de Uchisar, el Valle del amor, el Valle de las palomas y el Valle de la Ilusión se aprecian rocas con diferentes siluetas como hongos, sombreros o formas de animales jamás vistos.

Sus pobladores lo hacen más atractivo al rodearlo con columpios, árboles decorados con jarros de cerámica y ojos azules que repelan las malas vibras; tiendas de ‘souvenirs’, heladeros que incluyen un show para servirte sus productos y camellos listos para fotografiarse contigo.

Enriquecerme con lo que ofrece Capadocia me hizo entender que el sitio no era solo un globo aerostático. Muchos turistas por miedo a las alturas no lo incluyen en su agenda. A pesar de eso, yo no me rendía. Toqué las puertas de al menos 20 agencias y le escribí por Instagram a pilotos y guías turísticos. Todos con la misma respuesta: “No hay espacio”.

Mustafa Budak, el gerente de la agencia de viajes Hot Air Balloon Cappadocia, me ofreció un tour alternativo. Estar presente en el proceso y ver los globos desde los mejores puntos de la región. A una pareja mexicana, a mi hermana y a mí nos tocó aceptarlo.

El día llegó. El reloj marcaba las 3:45 am y el sonido del llamado a la oración de la Mezquita nos despertaba. Nunca había sido tan fácil levantarme. Inmediatamente, Mustafa nos llevó a un campo abierto. Decenas de carros con canastas y buses turísticos se aproximaban.

Estaba oscuro pero podían observarse las lonas. Parecían cetáceos multicolores. Al pasar los minutos y con el fuego del quemador tomaban la forma de un gigante erguido. Los turistas emocionados aplaudían mientras se subían al globo.

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Con los primeros rayos de luz, los globos comenzaban a levitar. A mi alrededor unos 50 se alzaban al unísono. Era inevitable no llorar, de emoción, frustración y de tristeza al verlos partir sin mí.

En ese instante un “Jessica hay un espacio en el último globo”, me dejó en shock. El puesto era mío, aunque el precio fue el doble. Mis manos temblaban mientras me subía a la canasta. Este éxtasis lo compartían todos los turistas -en su mayoría de la India- quienes algunos por videoconferencia compartían este mágico espectáculo con sus familias.

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Suavemente abandonábamos el piso. ¿Vértigo? ¿Miedo? ¿Nauseas? No estaban en mi mente. Las sigilosas maniobras del piloto te hacen olvidarlo. Todo lo que importaba era que estamos flotando y el resto del mundo solo se movía debajo de nosotros.

Memet, el piloto, cautelosamente, movía el globo por diferentes sitios para poder apreciar el Valle del Amor, subía casi 800 metros de altura y en un momento incluso la disminuyó para acercarnos a una pareja que estaba casándose. Sus 9 años de experiencia en globos y 4 como piloto de avión nos daba la seguridad de que no habría fallas.

Así fue como una hora viajando entra las nubes, un aterrizaje perfecto encima de un remolque, una copa de champagne para brindar por esta experiencia, un diploma por la hazaña y la satisfacción de haberlo logrado fueron el cierre de esta inolvidable experiencia, la que me hizo sentir que flotaba por varios días.

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Para anotar:

  • Capadocia tiene dos aeropuertos: Kayseri y Nevsehir. El primero a hora y media y el segundo a 45 min. Los hoteles ofrecen servicios de traslados.
  • Los precios del paseo en el globo aerostático varia entre 180-250 dólares, dependiendo de la capacidad de la canasta y del tiempo que puede ser de 60 a 90 minutos.
  • Los paseos se desarrollan todo el año pero la mejor temporada es de abril a junio y septiembre a noviembre.
  • La oferta de hoteles es amplia con todo tipo de acomodaciones. Los mejores son los que están en las cuevas.

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A BALCONY AMONG CAPPADOCIA’S CLOUDS

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I was a bird. Slowly flying over the valley. At times I descended and drew near the rock formations that resembled giant mushrooms. The sun began to see me little by little—rising up—even though the dense clouds tried to hide it. The sky lit up with its blue, yellow and pink tones.

My way was marked by a gentle breeze that caressed me. Suddenly, the noise of the burner brought me back to reality. I was not a bird. I only had a privileged view from a balcony among the clouds, connected to a gigantic hot air balloon.

I wasn’t alone. In my basket 18 tourists and two pilots stayed with me. In the sky more than 2,000 others shared my extraordinary experience in this hot air balloon festival.

Cappadocia at 6 am

Where? Cappadocia in central Turkey. It’s a site with surreal landscapes and unique geological formations, the product volcanic activity and erosion. With many dovecotes in the rock formations along with ravines, you’ll even find vineyards.

This region is considered one of the most famous in the world for its daily hot air balloon festival, since the weather conditions are “almost” always good. The pilots of the 150 balloons are able to drive through the air with great precision. I say “almost” because the very day of my tour(along with the previous day) all flights were suspended due to bad weather.

This is how my adventure—which I had planned for six months—began, with the most discouraging news. As soon as I landed at the Kayseri airport I received an email notification.   The news of my hot air balloon tour cancellation and the unavailability of any tour flights for the next day left me helpless. Getting to this balcony among the clouds had become a impossible mission.

Frustration and disappointment lingered and didn’t allow me to fully appreciate the magical landscape of such a historic valley that I had encountered. I recognize that. I’m obsessive and particular about my travel experiences. However, the next day I took a tour to the villages of Goreme, Avano, Urgup and Uchisar throughout the Cappadocia region.

I found impressive chapels and churches inside caves with almost intact paintings that captured the life and crucifixion of Jesus from the fourth century. It was part of the Open-Air Museum of Goreme. Cappadocia is an ancient area, where the first Christians hid inside the caves due to the persecution of soldiers from the Roman Empire.

Cappadocia was molded by mother nature. The volcanic eruptions of millions of years ago added to erosion created these lunar landscapes. Among the Fairy Chimneys are the Castle of Uchisar, the Love Valley, Pigeon Valley and Imaginary Valley (Devrent Valley) where you can see the rock formations cast different silhouettes like mushrooms, hats or animals shapes, unlike any other place.

The locals make the area more welcoming for the tourists: swings adorn the area for the playful, trees are decorated with ceramic pots and blue eyes that repel bad vibes, souvenir shops, ice cream vendors that put on a performance while they serve you delicious ice cream and camels ready for you to hop on for perfect picture.

Taking in all what Cappadocia had to offer made me understand that the site was not just about the hot air balloon rides. Many tourists with a fear of heights don’t include it in their agenda and are enriched regardless. That said, I wasn’t about to give up on finding another hot air balloon tour. I knocked on the doors of at least 20 agencies, and I messaged a lot of pilots and tour guides on Instagram. I still couldn’t believe it. Everybody had the same answer: “There’s no openings.”

Mustafa Budak, the manager of the Hot Air Balloon Cappadocia travel agency, offered me an alternative tour. A behind the scenes intimate look of the balloon setup process before takeoff from the best possible vantage point to see all the airborne balloons in the region. My sister, a Mexican couple and I had no other choice but to accept.

The day arrived. The clock marked 3:45 a.m. and the sound of a mosque’s call to prayer woke us up. It’s never been so easy for me to get up as it was then. Immediately, Mustafa took us to an open field. Dozens of cars with baskets and tour buses were approaching.

It was dark but you could see the balloons. They looked like multicolored whales. As the minutes passed they took their giant forms with fire-heated air from the burner. Excited tourists cheered as they boarded these air cetaceans.

With the first rays of light, the balloons began to levitate. Around me about 50 stood at the same time. It was impossible not to cry because of a mix of feelings I had. They were leaving without me.

“Jessica there is only one space in the last balloon!” I was shocked by what I heard. That spot was really mine. My hands were shaking as I climbed into the basket. This ecstasy I had was shared by all tourists in our basket. Most were from India, some of whom shared this magical experience with their families via video chat.

We lifted gently off the ground. Vertigo? Fear? Motion-sickness? They were not on my mind at all. Smooth maneuvering by the pilot makes you forget such things. All that mattered was that we were floating while the rest of the world just moved below us.

Memet, the pilot, carefully steered the hot air balloon through different areas that let us fully appreciate Love Valley. We went as high as almost 800 meters and descended near enough to pass a couple who was getting married on a canyon ledge. His 9 years of experience in ballooning and 4yrs as an airplane pilot gave us the assurance that there would be no mistakes.

An hour traveling through the clouds, a perfect landing on a trailer-bed, a glass of champagne to toast this experience, the recognition of personal accomplishment and the satisfaction of a goal realized signaled the closing of this unforgettable experience, which left floating for several days.

TO NOTE:

  • Cappadocia has two airports: Kayseri and Nevsehir. The first is an hour and a half and the second at 45 min. Hotels offer transfer services.
  • The prices of the ride in the hot air balloon vary between 180-250 dollars, depending on the capacity of the basket and the time that can be from 60 to 90 minutes.
  • The best season to ride the balloons is from April to June and September to November.
  • The hotel offer is wide with all kinds of accommodations. The best are the ones in the caves.

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Estambul: El tesoro de Turquía

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Asiática y europea; Católica, Musulmana y Judía; Bizantina, Romana y Otomano; caótica, densa y serena; antigua y cosmopolita… Así es Estambul, una de las ciudades con más historia, personalidad y contraste del mundo.

Estambul tiene olor a castañas y maíz; con el colorido de sus mezquitas, de los velos de las mujeres y las lámparas; y en sus calles se escucha la música sensual del cantante Tarkan. Posee un sabor a pistacho por su ‘baklava’ y a manzana por su famoso té turco.

Esta ciudad fue mi sitio estratégico en Turquía antes de Capadocia. Para ser honesta solo planifiqué mi estadía por dos días. ¡Qué gran error! No contemplé que la ciudad era gigantesca, colmada de palacios, mezquitas, museos, torres y mercados, y con una población de 15 millones.

Al salir del aeropuerto, su sobrepoblación, el desconocimiento del  idioma y los casi 40 grados de temperatura podrían ser la peor combinación para una bienvenida. Al menos lo fue para mí. Luego una hora y media en bus hasta llegar a la ciudad y de haber sido estafada por un taxista estaba un poco alarmada. ¿Dónde me fui a meter? Era una pregunta que se repetía en mi cabeza, mientras esperaba por mi habitación.

“No te asustes”, dijo el recepcionista mientras abría el inmenso mapa de Estambul. Luego explicarme los sitios para visitar, me recalcó que la ciudad es segura y no me defraudará. 

Seguí sus consejos y comencé esta “breve” aventura por la antigua Constantinopla. ¡Cortísima!  A esa hora solo me quedaba día y medio para recorrerla.

Nunca creas en la primera impresión. Sé que suena a lugar común, pero en este caso es totalmente cierto. Mi hotel quedaba en Sultanahmet, el barrio más antiguo de Estambul. Super colorido, con calles empedradas y con decenas de restaurantes. A tres cuadras estaba frente a dos de los más hermosos, impresionantes y emblemáticos sitios del mundo: Santa Sofía y la Mezquita Azul.

Santa Sofía, Hagia Sofia o Ayasofya

Dos medallones con caligrafía árabe dedicados a Alá y Mahoma junto a la imagen de Jesucristo en los brazos de la Virgen María me hicieron erizar. Es que en Santa Sofía o iglesia de la Santa Sabiduría  se observa la primera fusión de culturas y credos de la ciudad.

En el siglo III fue la primera catedral ortodoxa bizantina, luego católica. En 1453 con la conquista Otomana paso a ser una mezquita y recién en el año 1935 se convirtió en un museo.

Santa Sofía es  una joya arquitectónica compuesta de un altar y sus magníficos candelabros; sus pilares de mármol de la época otomana, los ocho enormes medallones con caligrafía árabe, los azulejos, los mosaicos bizantinos, las imponentes columnas, su enorme cúpula y los vitrales. Todo junto te provocan un éxtasis visual.

Su entrada es de 60 liras, equivalente a 10 USD. Y perfectamente puedes recorrerla en dos horas.

El Bósforo en bote

La hora de la caída del sol se acercaba. Había leído que la mejor vista era desde el Bósforo, el estrecho donde Asia y Europa se dan la mano. El tiempo era corto para elegir un crucero. La opción más sencilla fue un ferry para cruzar al otro continente: el barrio asiático Uskudar.

Los ferry parten cada 20 minutos y el ticket menos de 1 USD. Son amplios y cómodos. En el viaje las gaviotas nos escoltaban y era el mejor sitio para una foto panorámica de la ciudad, donde la enmarcan las mezquitas iluminadas, los faros, el puente y la Torre Gálata.

Ya de vuelta es imperdonable no cenar una de las terrazas a lo largo del Bósforo y debajo del puente Gálata. Decenas de turcos usarán sus habilidades para convencerte de que te quedes en  su restaurante.

La Mezquita Azul

¡8 am! Me quedaban pocas horas para terminar esta travesía. Rápidamente fui a la Mezquita Azul, el símbolo de la belleza musulmana e ícono de Turquía.

Por fuera, la también conocida Mezquita de Sultán Ahmed, tiene una escalera ascendentes de cúpulas y semicúpulas que terminan con una más grande y por dentro está recubierto por 20 mil azulejos hechos a mano donde el color azul prima.

La luz entra a través de 200 ventanas, su decoración tiene versos del Corán y el suelo está cubierto de alfombras bien conservadas, claro debes entrar sin zapatos y cubierta. Solo los musulmanes tiene acceso al área de oración, por lo que el recorrido puede ser corto. Su entrada es gratis.

El Palacio de Topkapi  

La historia y los tesoros del Imperio Otomán -que duró alrededor de 500 años- se encuentran en el Palacio Topkapi. Es gigante pero que mejor que enriquecerse al ver las habitaciones de los sultanes, quienes tenían su harén; sus bibliotecas, su artillería y sus joyas como la daga imperial empuñada  con oro y esmeraldas; y el cuarto diamante más grande del mundo.  La entrada vale 12 USD

El Gran Bazar

Llego el momento favorito del viaje: el del ‘shopping’. Cómo no volverse loca entre las casi 4 mil  tiendas que conforman el Gran Bazar. Imposible no perderse entre lámparas, candelabros, alfombras, cojines, platos, tazas, pañuelos, carteras, joyas…

Es una mezcla de lo tradicional como amuletos con ojos y lo moderno como las réplicas de zapatos, carteras y ropa Chanel, Gucci, Versace o Louis Vuitton.

¡Lo quería  todo! Y, en cada paso que das, los vendedores no me lo hacían fácil y  trataban de llamar mi atención, brindarme té de manzana  y  convencerme (en español) de comprar hasta lo que no necesitaba.

En el Gran Bazar la cultura del regateo debe ser prioridad. Esa habilidad la exprimí hasta salir corriendo de comprar una cartera en la que me pedían 1,500 liras y finalmente pagué solo 500.

La Torre Gálata

Llegó la noche en Estambul. Muy tarde para subir al mirador de la torre más alta de Estambul: el Gálata, ubicado en el barrio europeo Beyoglu . Pero, temprano para recorrer la zona.

Sus calles son estrechas y al ser una colina hay que subir escalinatas. Al llegar, la imponente torre medieval te recibe iluminada con colores azules y naranjas.

A su alrededor se fusionaba la música, el arte y los platos tradicionales. Inevitable  no deleitarse con el tradicional dulce, baklava, y mi último té turco en esta ciudad, mientras contemplo la magnitud de la torre.

Para regresar al hotel en Sultanahmet, el camino más rápido fue con el tranvía. Es seguro, cómodo y la tarjeta vale menos de 1 USD. Eso sí, mentiría si digo que entendí como funcionaban las  ‘Istanbulkart’. Las indicaciones estaban en turco, pero tuve la suerte que siempre había alguien dispuesto a ayudarme.

De este manera y casi sin sentir mis pies le saqué el jugo a mis dos días en esta monumental ciudad.  No logré llegar al Bazar Egipcio, ni a los barrios asiáticos, ni al museo de historia o las otras mezquitas. Ese será el recordatorio de que debo volver. Con más tiempo y con más maletas para llevarme todas las lámparas.

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Martinica: Un secreto francés en El Caribe

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Honestamente, hace 3 años no tenía idea dónde quedaba Martinica. Luego de que una amiga me comentara sus planes de viajar, decidí abrir Google.  ¡Era parte de las Antillas Francesas!  Me había olvidado completamente que existían y eso que fui una de las mejores estudiantes de geografía.

En enero, una vez más Martinica volvió a mi mente. Esta vez mientras buscaba vuelos para escapar del frío neoyorkino. República Dominicana, Barbados y México eran otras opciones, pero la idea de ir al Caribe que pocos conocen me atraía mucho más. Y lo digo porque amigos, familia y compañeros de trabajo también la desconocían. Incluso, apostaban que estaba en el Mediterráneo.

Martinica es un pedacito de Francia, con un toque de sensualidad caribeña y por supuesto playas paradisiacas.

Cuando llegué a la también conocida “Isla de las Flores”, por la noche, las diminutas carreteras con rotondas, las placas de los carros y los letreros publicitarios me transportaban a los pueblos europeos. Sin contar su moneda, el euro, y su idioma, el francés. Aunque con los días, escuchaba a muchos locales conversar en su lengua nativa, el criollo martiniqués o ‘créole’.

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Su población es en su mayoría católica. Cada comuna conserva su iglesia en la plaza principal.

Al arribar a ‘Saint Anne’ o Santa Ana, al sur de la isla, se acabaron las comparaciones. Su clima tropical, la brisa del mar, el olor del ron añejo, las embarcaciones pesqueras, los yates y los sonidos de las bandas musicales eran suficientes para sentir y formar parte de esa atmósfera caribeña.

Martinica es una isla volcánica en el archipiélago de las Antillas. En el norte, el Monte Pelee es su volcán activo y su excursión debe estar en la lista de “cosas por hacer”.

En mi caso, definitivamente la playa me llamaba y mi parada fue la más famosa y hermosa de Martinica: ‘Les Salines’ o Salinas. Cada rincón es una postal. Lo bordean las palmeras inclinadas, su arena fina y blanca; y el mar cálido color turquesa.

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‘Le Salines’ o Salinas está ubicado al suroeste de la isla.

‘Les Salines’ tiene un ambiente de paz y tranquilidad. No hay hoteles. Solo restaurantes pequeños y kioscos con ‘souvenirs’, carteras, pareos, vestidos…

Pero, su playa más turística es Diamante o ‘Le Diamant’.  Es ancha y descansa sobre una bahía enmarcada en rocosas y verdes colinas, que desde el sur se observa como la forma de una mujer acostada. Al frente y en medio del Mar Caribe, una roca volcánica de 175 metros de altura es ideal para bucear y disfrutar la fauna marina.

‘Anse Dufour’, al norte de Diamante es una de las más encantadoras. Al ser una ensenada, su caída de sol es uno de los más mágicos y espectaculares de la isla.  Del otro lado de la isla, ya en el océano Atlántico también está ‘Lé Robert’, con el tour de los islotes.

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‘Anse Dufour’

Sí, mi aventura en Martinica consistía en disfrutar nuevas playas y deleitarme en mi hora favorita: la del ‘sunset’, buscando locaciones para tener la mejor vista. Sin importar que fuera hasta en el cementerio, como en ‘Saint Anne’.

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Y fue en esa pequeña comuna, de no más de 4.000 habitantes, donde me hospedé por casi una semana. ‘Saint Anne’ al igual que el resto de Martinica no tiene un turismo masivo, no se observa con frecuencia  americanos o latinos. En cambio, en un sitio de retiro para los europeos. Lo que lo convierte aún más pacífico.

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Uno de los platos tradicionales de Martinica son las frituras o ‘Accras’. Las hay de vegetales, mariscos o pescado.

Pero, es tan cálido que te hace sentir local desde que la pisas, en especial cuando entras a la panadería por el fresco y caliente pan ‘baguette’, haces fila para probar los famosos ‘accras’ o frituras bacalao y camarón o cuando en la noche luego de bailar te sientas en el único sitio que no tiene hora de cierre la crepería de Charles.

Mientras esperas por tus crepes, Charles te presta su equipo de sonido para que pongas tu música favorita. Para mi buena suerte era uno de los pocos (por no decir el único que hablaba español). Su alegría y su buena energía es contagiosa y con él, el ron y la cerveza local Lorraine nunca  faltó. Así el resto del pueblo esté apagado.

Así es que en Martinica el ron forma parte de la rutina diaria. A lo largo de las carreteras están los sembríos de caña de azúcar junto a las destilerías donde uno puede hacer una pequeña parada de degustar las diferentes variaciones de éste espíritu caribeño. En la calle, playa y restaurantes el famoso ‘ti punch’ (ron, azúcar y limón) es la estrella y la firma de la isla. Y para anotarlo. Cero resaca.

Martinica es el secreto mejor guardado de los franceses. Es su sitio para retirarse o vacacionar en familia. Para disfrutar de lo simple y plácido que puede convertirse la vida, donde lo único que necesitas es tu bikini, bronceador, una cámara fotográfica y un buen vaso de ron.

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Por las calles de Fez

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El arco azul, conocido como Bad Bou Jeloud, te da la bienvenida a este laberinto de 9.000 calles dentro de la Medina. Era julio. Siglo XXI, pero aquí el tiempo se detuvo en la Edad Medieval, específicamente en el siglo VIII.

No hay edificios altos, solo se imponen las mezquitas de la ciudad. Tampoco se escuchan carros. No hay contaminación. El paisaje es arcilloso, no hay asfalto y las calles son adoquinadas, unas tan estrechas que solo una persona puede ingresar a la vez.

Nos adentrábamos y a mi mente llegaban las imágenes de la telenovela brasileña El Clon, que se transmitió en Ecuador -en horario estelar en el año 2001- y que me cautivó desde ese momento. Cada mujer con velos islámicos me recordaba a Jade y el rostro de las señoras, a Soraide. Incluso, me emocionaba cuando escuchaba entre los comerciantes gritar los nombres:  Mohamed, Said, Alí o Mustafá.

Después de 16 años (cuando por primera vez vi El Clon) lo había logrado. Estaba en Marruecos, específicamente en Fez. Una ciudad árabe que visualmente me cautivó por ser una cápsula en el tiempo y tener tradiciones musulmanas muy arraigadas.

La Medina de Fez, como todas, es amurallada. Para seguir con la tradición me hospedé en un Riad, que son casas típicas. Por fuera tenía una diminuta puerta, pero por dentro era grande -con patio interior, fuentes y árboles- similar a la casa del tío Alí.

Mi sorpresa fue que justamente Alí nos recibió. El chico alto, delgado y vestido con una túnica nos invitó el famoso té de menta y nos abrió el mapa de la ciudad. Era una misión casi imposible moverse sola en la Medina y más complicado por ser mujer. Mi mejor opción fue contratar un guía.

Junto con Hassan comenzó la aventura de seis horas por al menos la mitad de los 300 barrios que componen la ciudad antigua Fez El-Bali. Las calles tienen nombres escritos en árabe y difícilmente volverás a pasar por la misma área. Pero el guía las conocía a ojos cerrados.

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Aproximadamente 9.000 calles  conforman la Medina de Fez.

Entre el mercado de especias se divisa una gigante puerta de cedro que es la entrada de Madraza o Medersa El Attarine, la escuela coránica más antigua. Ahí resaltan sus columnas de mármol, azulejos y labrados hechos pieza por pieza por sus artesanos. Su fuente central es usada para la purificación.

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La entrada de la Madraza o Medersa El Attarine, la escuela coránica más antigua del mundo.

 La ciudad es conocida por tener los mejores artesanos. Es inevitable que el guía no te lleve de compras a las tiendas de sus amigos que elaboran joyas, alfombras, sábanas de seda, ollas de cobre, artículos de cuero, vasijas, fuentes… Así se vive el comercio en Fez.

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Un imponente “La shukran”, “no gracias”, te salvará de llevarte una alfombra en la maleta o hasta evitar que te compres una puerta y te la envíen a tu casa. Y eso fue exactamente lo que dijimos, luego de que nos llevaran a la terraza para mostrarnos las gigantes alfombras elaboradas con piel de camello, gacela e hilo del agave.

Cruzando uno de sus puentes, el sonido de los martillos al unísono  mostraba una armonía en la Plaza Seffarine. Abdul -conocido por ser el hombre con las manos más duras del barrio de los orfebres y los metaleros- y sus amigos les dan forma a los calderos, ollas, teteras, lámparas de cobre.

La temperatura alcanzaba los 37 grados, el sol era intenso, pero nos acercábamos al sitio más fotografiado de Fez. El terrible olor te indicaba la cercanía. Subimos a la tienda de Amman y nos regalaron un ramillete de menta para poder respirar.

Llegamos al balcón y desde ahí los hombres sumergidos en las tinas de colores de la Curtiduría Chouwara eran parte de esta postal. Tal cual como en los primeros capítulos de la novela, cuando Latiffa le mostraba a Jade que el tío Alí era el dueño de la mitad de los tanques.

En la Curtiduría Chouwara se tiñe el cuero. Este es un  negocio milenario de las familias de Fez.

En estas gigantes acuarelas blancas, rojas, azules, cafés y verdes se tiñen el cuero de ovejas, vacas, cabras y camellos previamente sacrificados. El olor nauseabundo se debe al uso de excrementos de paloma para limpiar el cuero y remover la grasa. Es increíble como ellos pueden trabajar en esas condiciones.

Decenas de familias se dedican a este negocio milenario y en sus terrazas los cueros son exhibidos mientras cumplen su proceso de secado. Después pasan a sus tiendas los finos abrigos, zapatos y carteras para más adelante enviarlos a Italia o París, donde les colocan las etiquetas de reconocidas marcas.

Cada esquina en Fez me cautivó. Los burros, que son el medio de transporte de carga; las cabezas de camellos guindando en el mercado de carnes; la decoración de las fuentes; los colores de sus azulejos; la elegancia de sus mezquitas y escuelas coránicas; los vestidos de sus mujeres. Pero, sobre todo las tiendas, los velos, los zapatos autóctonos, los bolsos, los platos, los aceites de argán son las que captaron mi atención.

Ya en la noche, en la terraza del Riad y esperando nuestra cena, un canto salía de los parlantes de las mezquitas, era el llamado a la oración entre los musulmanes. Nuestro mesero Hassan y la cocinera Nabila tuvieron que entrar para orar con dirección a la Meca, como es la costumbre. 

Así le poníamos fin a esta aventura donde pude vivir un día la experiencia de El Clon y pude comprobar, que aunque pasen los siglos en Fez, su cultura y su religión siguen intactos.

Para anotar:

  • La mejor manera de llegar a Fez es por tren. Sus vagones son cómodos y con aire acondicionado. El precio desde Marrakesh es de $33 y desde Casablanca $17. A mi me funcionó pedirle al hotel que me enviara un taxi. Aunque el precio haya sido de $10, cuando uno regular te cobra $1.
  • Pasear por La Medina solo es un deporte extremo. Lo aconsejable es hacerlo con un guía. Así evitarás que los transeúntes te exijan propina por ayudarte. El precio del guía varía entre los $20 y $30 por persona.
  • Para las mujeres no es obligatorio cubrirse la cabeza, pero sí usar ropa holgada y no mostrar los hombros, ni tener escotes.
  • Los árabes son comerciantes por naturaleza. Te pedirán un precio muy elevado por sus productos, pero regateando puedes llevártelos por la mitad de su valor.
  • La entrada a las mezquitas es prohibida para los no musulmanes. Pero puedes tomar fotos solo a su entrada.
  • Fez también tiene su ciudad moderna, afuera de las murallas. Encontrarás centros comerciales, supermercados y restaurantes de comida rápida.
  • Fez es considerada Patrimonio Cultural de la Humanidad, según la UNESCO  y su Medina es la zona peatonal más grande del mundo. Tiene 300 barrios y habitan 500.000 personas.
 
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