Turquia

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Un balcón entre las nubes de Capadocia

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Era un ave. Lentamente volaba sobre el valle. Por momentos descendía hasta acercarme a unas formaciones rocosas que se asemejaban a unos hongos. El sol comenzaba a observarme. Poco a poco se levantaba, aunque las densas nubes lo opacaban. El cielo se iluminaba con sus tonos azules, amarillos y ocres.

Mi camino estaba marcado por la suave brisa que me acariciaba. De pronto, el ruido del quemador me devolvió a la realidad. No era un pájaro. Sólo tenía un privilegiado balcón entre las nubes, adentro de un gigantesco globo aerostático.

No estaba sola. En mi canasta 18 turistas y dos pilotos me acompañaban. En el cielo más de 2.000 personas compartían mi extraordinaria experiencia en este festival de globos aerostáticos.

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¿Dónde? Capadocia, al este de Turquía, Asia. Un sitio con paisajes surrealistas y orografía única producto de la erosión. Con palomares excavados en formaciones rocosas, barrancos y viñedos.

Esta región ha sido una de las más famosas en el mundo por este diario festival, ya que sus condiciones climáticas son “casi” siempre favorables lo que permite que los pilotos, de los 150 globos, manejen por el aire con mucha precisión. Repito “casi” porque justo el día de mi tour y el anterior los vuelos fueron suspendidos por el mal tiempo.

Así fue como esta aventura -que había planificado por seis meses- comenzó con la más desalentadora noticia. Al instante que aterricé en el aeropuerto de Kayseri (a una hora del área) un correo electrónico indicándome la cancelación de mi tour y la no disponibilidad de vuelos para el día siguiente me ató de manos. Subirme en la canasta se había vuelto una misión casi imposible.

La frustración y decepción no me dejaban apreciar el mágico e histórico valle al que había llegado. Lo reconozco. Soy obsesiva en cuanto a mis experiencias viajeras. Sin embargo, al día siguiente tomé un tour para recorrer los pueblos de Goreme, Avano, Urgup y Uchisar que componen la región de Capadocia.

Impresionantes capillas e iglesias dentro de cuevas con frescos casi intactos que plasman la vida y crucifixión de Jesús -del siglo IV- formaban parte del Museo al Aire Libre de Goreme, Patrimonio de la Humanidad. Y es que Capadocia es un sitio milenario, donde los primeros cristianos se escondían dentro de cuevas debido a la presión del Imperio Romano.

Capadocia fue moldeado por la madre naturaleza. Las erupciones volcánicas de hace millones de años atrás, sumadas a la erosión crearon estos paisajes lunares. En la Chimenea de las Hadas, el Castillo de Uchisar, el Valle del amor, el Valle de las palomas y el Valle de la Ilusión se aprecian rocas con diferentes siluetas como hongos, sombreros o formas de animales jamás vistos.

Sus pobladores lo hacen más atractivo al rodearlo con columpios, árboles decorados con jarros de cerámica y ojos azules que repelan las malas vibras; tiendas de ‘souvenirs’, heladeros que incluyen un show para servirte sus productos y camellos listos para fotografiarse contigo.

Enriquecerme con lo que ofrece Capadocia me hizo entender que el sitio no era solo un globo aerostático. Muchos turistas por miedo a las alturas no lo incluyen en su agenda. A pesar de eso, yo no me rendía. Toqué las puertas de al menos 20 agencias y le escribí por Instagram a pilotos y guías turísticos. Todos con la misma respuesta: “No hay espacio”.

Mustafa Budak, el gerente de la agencia de viajes Hot Air Balloon Cappadocia, me ofreció un tour alternativo. Estar presente en el proceso y ver los globos desde los mejores puntos de la región. A una pareja mexicana, a mi hermana y a mí nos tocó aceptarlo.

El día llegó. El reloj marcaba las 3:45 am y el sonido del llamado a la oración de la Mezquita nos despertaba. Nunca había sido tan fácil levantarme. Inmediatamente, Mustafa nos llevó a un campo abierto. Decenas de carros con canastas y buses turísticos se aproximaban.

Estaba oscuro pero podían observarse las lonas. Parecían cetáceos multicolores. Al pasar los minutos y con el fuego del quemador tomaban la forma de un gigante erguido. Los turistas emocionados aplaudían mientras se subían al globo.

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Con los primeros rayos de luz, los globos comenzaban a levitar. A mi alrededor unos 50 se alzaban al unísono. Era inevitable no llorar, de emoción, frustración y de tristeza al verlos partir sin mí.

En ese instante un “Jessica hay un espacio en el último globo”, me dejó en shock. El puesto era mío, aunque el precio fue el doble. Mis manos temblaban mientras me subía a la canasta. Este éxtasis lo compartían todos los turistas -en su mayoría de la India- quienes algunos por videoconferencia compartían este mágico espectáculo con sus familias.

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Suavemente abandonábamos el piso. ¿Vértigo? ¿Miedo? ¿Nauseas? No estaban en mi mente. Las sigilosas maniobras del piloto te hacen olvidarlo. Todo lo que importaba era que estamos flotando y el resto del mundo solo se movía debajo de nosotros.

Memet, el piloto, cautelosamente, movía el globo por diferentes sitios para poder apreciar el Valle del Amor, subía casi 800 metros de altura y en un momento incluso la disminuyó para acercarnos a una pareja que estaba casándose. Sus 9 años de experiencia en globos y 4 como piloto de avión nos daba la seguridad de que no habría fallas.

Así fue como una hora viajando entra las nubes, un aterrizaje perfecto encima de un remolque, una copa de champagne para brindar por esta experiencia, un diploma por la hazaña y la satisfacción de haberlo logrado fueron el cierre de esta inolvidable experiencia, la que me hizo sentir que flotaba por varios días.

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Para anotar:

  • Capadocia tiene dos aeropuertos: Kayseri y Nevsehir. El primero a hora y media y el segundo a 45 min. Los hoteles ofrecen servicios de traslados.
  • Los precios del paseo en el globo aerostático varia entre 180-250 dólares, dependiendo de la capacidad de la canasta y del tiempo que puede ser de 60 a 90 minutos.
  • Los paseos se desarrollan todo el año pero la mejor temporada es de abril a junio y septiembre a noviembre.
  • La oferta de hoteles es amplia con todo tipo de acomodaciones. Los mejores son los que están en las cuevas.

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A BALCONY AMONG CAPPADOCIA’S CLOUDS

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I was a bird. Slowly flying over the valley. At times I descended and drew near the rock formations that resembled giant mushrooms. The sun began to see me little by little—rising up—even though the dense clouds tried to hide it. The sky lit up with its blue, yellow and pink tones.

My way was marked by a gentle breeze that caressed me. Suddenly, the noise of the burner brought me back to reality. I was not a bird. I only had a privileged view from a balcony among the clouds, connected to a gigantic hot air balloon.

I wasn’t alone. In my basket 18 tourists and two pilots stayed with me. In the sky more than 2,000 others shared my extraordinary experience in this hot air balloon festival.

Cappadocia at 6 am

Where? Cappadocia in central Turkey. It’s a site with surreal landscapes and unique geological formations, the product volcanic activity and erosion. With many dovecotes in the rock formations along with ravines, you’ll even find vineyards.

This region is considered one of the most famous in the world for its daily hot air balloon festival, since the weather conditions are “almost” always good. The pilots of the 150 balloons are able to drive through the air with great precision. I say “almost” because the very day of my tour(along with the previous day) all flights were suspended due to bad weather.

This is how my adventure—which I had planned for six months—began, with the most discouraging news. As soon as I landed at the Kayseri airport I received an email notification.   The news of my hot air balloon tour cancellation and the unavailability of any tour flights for the next day left me helpless. Getting to this balcony among the clouds had become a impossible mission.

Frustration and disappointment lingered and didn’t allow me to fully appreciate the magical landscape of such a historic valley that I had encountered. I recognize that. I’m obsessive and particular about my travel experiences. However, the next day I took a tour to the villages of Goreme, Avano, Urgup and Uchisar throughout the Cappadocia region.

I found impressive chapels and churches inside caves with almost intact paintings that captured the life and crucifixion of Jesus from the fourth century. It was part of the Open-Air Museum of Goreme. Cappadocia is an ancient area, where the first Christians hid inside the caves due to the persecution of soldiers from the Roman Empire.

Cappadocia was molded by mother nature. The volcanic eruptions of millions of years ago added to erosion created these lunar landscapes. Among the Fairy Chimneys are the Castle of Uchisar, the Love Valley, Pigeon Valley and Imaginary Valley (Devrent Valley) where you can see the rock formations cast different silhouettes like mushrooms, hats or animals shapes, unlike any other place.

The locals make the area more welcoming for the tourists: swings adorn the area for the playful, trees are decorated with ceramic pots and blue eyes that repel bad vibes, souvenir shops, ice cream vendors that put on a performance while they serve you delicious ice cream and camels ready for you to hop on for perfect picture.

Taking in all what Cappadocia had to offer made me understand that the site was not just about the hot air balloon rides. Many tourists with a fear of heights don’t include it in their agenda and are enriched regardless. That said, I wasn’t about to give up on finding another hot air balloon tour. I knocked on the doors of at least 20 agencies, and I messaged a lot of pilots and tour guides on Instagram. I still couldn’t believe it. Everybody had the same answer: “There’s no openings.”

Mustafa Budak, the manager of the Hot Air Balloon Cappadocia travel agency, offered me an alternative tour. A behind the scenes intimate look of the balloon setup process before takeoff from the best possible vantage point to see all the airborne balloons in the region. My sister, a Mexican couple and I had no other choice but to accept.

The day arrived. The clock marked 3:45 a.m. and the sound of a mosque’s call to prayer woke us up. It’s never been so easy for me to get up as it was then. Immediately, Mustafa took us to an open field. Dozens of cars with baskets and tour buses were approaching.

It was dark but you could see the balloons. They looked like multicolored whales. As the minutes passed they took their giant forms with fire-heated air from the burner. Excited tourists cheered as they boarded these air cetaceans.

With the first rays of light, the balloons began to levitate. Around me about 50 stood at the same time. It was impossible not to cry because of a mix of feelings I had. They were leaving without me.

“Jessica there is only one space in the last balloon!” I was shocked by what I heard. That spot was really mine. My hands were shaking as I climbed into the basket. This ecstasy I had was shared by all tourists in our basket. Most were from India, some of whom shared this magical experience with their families via video chat.

We lifted gently off the ground. Vertigo? Fear? Motion-sickness? They were not on my mind at all. Smooth maneuvering by the pilot makes you forget such things. All that mattered was that we were floating while the rest of the world just moved below us.

Memet, the pilot, carefully steered the hot air balloon through different areas that let us fully appreciate Love Valley. We went as high as almost 800 meters and descended near enough to pass a couple who was getting married on a canyon ledge. His 9 years of experience in ballooning and 4yrs as an airplane pilot gave us the assurance that there would be no mistakes.

An hour traveling through the clouds, a perfect landing on a trailer-bed, a glass of champagne to toast this experience, the recognition of personal accomplishment and the satisfaction of a goal realized signaled the closing of this unforgettable experience, which left floating for several days.

TO NOTE:

  • Cappadocia has two airports: Kayseri and Nevsehir. The first is an hour and a half and the second at 45 min. Hotels offer transfer services.
  • The prices of the ride in the hot air balloon vary between 180-250 dollars, depending on the capacity of the basket and the time that can be from 60 to 90 minutes.
  • The best season to ride the balloons is from April to June and September to November.
  • The hotel offer is wide with all kinds of accommodations. The best are the ones in the caves.

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Estambul: El tesoro de Turquía

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Asiática y europea; Católica, Musulmana y Judía; Bizantina, Romana y Otomano; caótica, densa y serena; antigua y cosmopolita… Así es Estambul, una de las ciudades con más historia, personalidad y contraste del mundo.

Estambul tiene olor a castañas y maíz; con el colorido de sus mezquitas, de los velos de las mujeres y las lámparas; y en sus calles se escucha la música sensual del cantante Tarkan. Posee un sabor a pistacho por su ‘baklava’ y a manzana por su famoso té turco.

Esta ciudad fue mi sitio estratégico en Turquía antes de Capadocia. Para ser honesta solo planifiqué mi estadía por dos días. ¡Qué gran error! No contemplé que la ciudad era gigantesca, colmada de palacios, mezquitas, museos, torres y mercados, y con una población de 15 millones.

Al salir del aeropuerto, su sobrepoblación, el desconocimiento del  idioma y los casi 40 grados de temperatura podrían ser la peor combinación para una bienvenida. Al menos lo fue para mí. Luego una hora y media en bus hasta llegar a la ciudad y de haber sido estafada por un taxista estaba un poco alarmada. ¿Dónde me fui a meter? Era una pregunta que se repetía en mi cabeza, mientras esperaba por mi habitación.

“No te asustes”, dijo el recepcionista mientras abría el inmenso mapa de Estambul. Luego explicarme los sitios para visitar, me recalcó que la ciudad es segura y no me defraudará. 

Seguí sus consejos y comencé esta “breve” aventura por la antigua Constantinopla. ¡Cortísima!  A esa hora solo me quedaba día y medio para recorrerla.

Nunca creas en la primera impresión. Sé que suena a lugar común, pero en este caso es totalmente cierto. Mi hotel quedaba en Sultanahmet, el barrio más antiguo de Estambul. Super colorido, con calles empedradas y con decenas de restaurantes. A tres cuadras estaba frente a dos de los más hermosos, impresionantes y emblemáticos sitios del mundo: Santa Sofía y la Mezquita Azul.

Santa Sofía, Hagia Sofia o Ayasofya

Dos medallones con caligrafía árabe dedicados a Alá y Mahoma junto a la imagen de Jesucristo en los brazos de la Virgen María me hicieron erizar. Es que en Santa Sofía o iglesia de la Santa Sabiduría  se observa la primera fusión de culturas y credos de la ciudad.

En el siglo III fue la primera catedral ortodoxa bizantina, luego católica. En 1453 con la conquista Otomana paso a ser una mezquita y recién en el año 1935 se convirtió en un museo.

Santa Sofía es  una joya arquitectónica compuesta de un altar y sus magníficos candelabros; sus pilares de mármol de la época otomana, los ocho enormes medallones con caligrafía árabe, los azulejos, los mosaicos bizantinos, las imponentes columnas, su enorme cúpula y los vitrales. Todo junto te provocan un éxtasis visual.

Su entrada es de 60 liras, equivalente a 10 USD. Y perfectamente puedes recorrerla en dos horas.

El Bósforo en bote

La hora de la caída del sol se acercaba. Había leído que la mejor vista era desde el Bósforo, el estrecho donde Asia y Europa se dan la mano. El tiempo era corto para elegir un crucero. La opción más sencilla fue un ferry para cruzar al otro continente: el barrio asiático Uskudar.

Los ferry parten cada 20 minutos y el ticket menos de 1 USD. Son amplios y cómodos. En el viaje las gaviotas nos escoltaban y era el mejor sitio para una foto panorámica de la ciudad, donde la enmarcan las mezquitas iluminadas, los faros, el puente y la Torre Gálata.

Ya de vuelta es imperdonable no cenar una de las terrazas a lo largo del Bósforo y debajo del puente Gálata. Decenas de turcos usarán sus habilidades para convencerte de que te quedes en  su restaurante.

La Mezquita Azul

¡8 am! Me quedaban pocas horas para terminar esta travesía. Rápidamente fui a la Mezquita Azul, el símbolo de la belleza musulmana e ícono de Turquía.

Por fuera, la también conocida Mezquita de Sultán Ahmed, tiene una escalera ascendentes de cúpulas y semicúpulas que terminan con una más grande y por dentro está recubierto por 20 mil azulejos hechos a mano donde el color azul prima.

La luz entra a través de 200 ventanas, su decoración tiene versos del Corán y el suelo está cubierto de alfombras bien conservadas, claro debes entrar sin zapatos y cubierta. Solo los musulmanes tiene acceso al área de oración, por lo que el recorrido puede ser corto. Su entrada es gratis.

El Palacio de Topkapi  

La historia y los tesoros del Imperio Otomán -que duró alrededor de 500 años- se encuentran en el Palacio Topkapi. Es gigante pero que mejor que enriquecerse al ver las habitaciones de los sultanes, quienes tenían su harén; sus bibliotecas, su artillería y sus joyas como la daga imperial empuñada  con oro y esmeraldas; y el cuarto diamante más grande del mundo.  La entrada vale 12 USD

El Gran Bazar

Llego el momento favorito del viaje: el del ‘shopping’. Cómo no volverse loca entre las casi 4 mil  tiendas que conforman el Gran Bazar. Imposible no perderse entre lámparas, candelabros, alfombras, cojines, platos, tazas, pañuelos, carteras, joyas…

Es una mezcla de lo tradicional como amuletos con ojos y lo moderno como las réplicas de zapatos, carteras y ropa Chanel, Gucci, Versace o Louis Vuitton.

¡Lo quería  todo! Y, en cada paso que das, los vendedores no me lo hacían fácil y  trataban de llamar mi atención, brindarme té de manzana  y  convencerme (en español) de comprar hasta lo que no necesitaba.

En el Gran Bazar la cultura del regateo debe ser prioridad. Esa habilidad la exprimí hasta salir corriendo de comprar una cartera en la que me pedían 1,500 liras y finalmente pagué solo 500.

La Torre Gálata

Llegó la noche en Estambul. Muy tarde para subir al mirador de la torre más alta de Estambul: el Gálata, ubicado en el barrio europeo Beyoglu . Pero, temprano para recorrer la zona.

Sus calles son estrechas y al ser una colina hay que subir escalinatas. Al llegar, la imponente torre medieval te recibe iluminada con colores azules y naranjas.

A su alrededor se fusionaba la música, el arte y los platos tradicionales. Inevitable  no deleitarse con el tradicional dulce, baklava, y mi último té turco en esta ciudad, mientras contemplo la magnitud de la torre.

Para regresar al hotel en Sultanahmet, el camino más rápido fue con el tranvía. Es seguro, cómodo y la tarjeta vale menos de 1 USD. Eso sí, mentiría si digo que entendí como funcionaban las  ‘Istanbulkart’. Las indicaciones estaban en turco, pero tuve la suerte que siempre había alguien dispuesto a ayudarme.

De este manera y casi sin sentir mis pies le saqué el jugo a mis dos días en esta monumental ciudad.  No logré llegar al Bazar Egipcio, ni a los barrios asiáticos, ni al museo de historia o las otras mezquitas. Ese será el recordatorio de que debo volver. Con más tiempo y con más maletas para llevarme todas las lámparas.

Santa Sofia
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